Hola Estela, hoy por aquello de no hacer siempre lo mismo, y de buscar nuevas maneras de decirte las cosas, he decidido que te voy a contar una pequeña historia, un pequeño cuento que concebí ayer por la tarde mientras iba camino de tu casa en el autobús. Espero ser capaz de expresarlo como se merecen tus ojos:
Un hombre, imaginateló como quieras, salió de su casa para dar un paseo después de haber venido de trabajar. No tenía mujer, ni hijos, era un hombre solitario. Su vida consistía en pagar sus gastos, ir y volver del trabajo, ir y venir de la compra e ir y venir de sus paseos solitarios por las tardes.
Aquella tarde caminando por las calles habituales de su paseo, vio a otro hombre sentado en el banco de una acera llorando desconsoladamente, como si hubiera perdido a su mujer, o se le hubiera muerto su madre. Nuestro solitario se acercó a él y le preguntó:
-¿Qué le ocurre? ¿Por qué llora de esa forma?
-!Eh! ¿Qué hace aquí, qué quiere? Yo no le conozco de nada, déjeme en paz. ¿Quién se cree que es para preguntarme qué me ocurre?- dijo apretándose el hombre del banco los ojos con la palma de las manos, sin querer siquiera mirar quién le hablaba.
- Lo siento, no quería molestarle- murmuró nuestro protagonista y siguió caminando calle abajo.
Nuestro hombre desprendía tranquilidad con cada uno de sus pasos, como anda una persona mayor, o un abuelo de la mano de su nieto. No supo cómo sentirse después de la contestación del hombre del banco, sus pasos se hicieron más largos y lentos, como si buscase consuelo en ellos. Cuando llegó al final de una de las calles, vio como una madre pegaba a su hijo chillándole, porque al parecer se había tropezado y el helado que llevaba en las manos el pequeño había manchado su camiseta, cayéndosele al suelo.
-!Eres un inútil! !Mira cómo te has puesto la camiseta recién lavada!- gritaba la madre mientras lo empujaba de uno de los hombros y le daba una patada que lo arrojaba contra el piso de la calle.
Nuestro hombre observó la situación y se acercó a la madre:
- No pegue al chiquillo. Seguro que se le cayó sin querer, más lo sentirá él, que ni siquiera puede comerse ya el helado.
-¿Y a usted qué le importa? ¿Es acaso suyo? !Me van a decir a mí cómo tengo que educar a mi propio hijo, yo me espatarré para parirlo! ¿Qué quiere, qué mira?- dijo la mujer indignándose mientras miraba de arriba abajo y con los brazos en jarra a nuestro hombre.
-Nadie se merece que le traten así, mucho menos un niño, y mucho menos si es su propio hijo- pronunció, y siguió el camino de su paseo pasando la mano por la cabeza del niño que miraba con miedo desde el suelo a su madre y al extraño.
Los pasos de nuestro hombre solitario se hacían cada vez más largos y más lentos. Andaba como a grandes zancadas, parecía que jugaba a saltar las líneas que atravesaban de una lado a otro las aceras, en ello, en cambiar su manera de andar, encontraba otra vez consuelo. Cuando su paseo ya iba a terminar, estando ya muy cerca del portal de su casa, pudo ver como robaban de un tirón el bolso a una mujer anciana que parecía volver de la compra. El ladrón corrió en dirección opuesta a los pasos de nuestro hombre y pasó a su lado con el bolso en la mano, como pasa un coche a toda prisa saltándose un semáforo. Sin saber cómo reaccionar, perplejo, se acercó a la anciana:
-Disculpe señora, ¿Se encuentra bien? ¿Le han hecho daño?
- Malnacido. ¿Por qué no ha corrido detrás del ladrón, eh joven? ¿Por qué no ha salido detrás de él, viendo que me quitaba el bolso? Es usted un cobarde, aléjese de aquí, hoy en día ya no hay hombres. Qué vergüenza de vida, si mi marido viviera...- dijo la señora recriminando a nuestro personaje su perplejidad, agarrando de nuevo las bolsas de la compra.
- Lo siento señora, me pilló de sorpresa. ¿Llevaba cosas de valor en el bolso? ¿Quiere que la acompañe hasta su casa?
- Le he dicho que se largue, a usted qué más le da lo que yo llevara. Ya no lo tengo y no hizo nada por recuperarlo- pronunció lastimosamente la mujer anciana, mientras hacía por alejarse de la presencia de nuestro hombre solitario.
Nuestro hombre, esta vez, se sintió peor que las otras dos veces. Ya no quería regresar a su casa, y se sentó en uno de los escalones que separaban los soportales, de la acera y la carretera donde estaban aparcados los coches de la vecindad. Paso allí sentado más de dos horas, sin que nadie se percatara de su presencia, ni reparase en él. Pasaron autobuses, coches aparcaron cerca suyo, y ya entrada la noche vio como el camión de la basura, con sus luces naranjas de ambulancia, vaciaba los contenedores elevándolos con los brazos mecánicos. Cansado de esperar a nadie, subió finalmente a su casa, cenó un vaso de leche y se metió en la cama mientras escuchaba los sonidos de su propia soledad, pensando que no le importaba a nadie, y que no había sido capaz de ayudar.
No sabía que el hombre que lloraba en el banco, lo hacía porque había perdido todo el dinero del trabajo de aquel mes en el bingo y en las máquinas tragaperras, que la madre que gritaba era la esposa de aquel hombre, el niño al que ya no maltrataron más su hijo, y que el ladrón al que no pudo perseguir era el mismo hombre que el del banco de la acera. Por suerte para el ladrón ludópata, la anciana llevaba en el bolso más de cuatrocientos euros que acababa de sacar del banco. Era una señora viuda adineradísima, avariciosa, y dueña de varias empresas de máquinas recreativas fundada durante la dictadura franquista, que sus hijos se dedicaban a gestionar en parte y era motivo de rencores eternos entre los hermanos, debido a que toda la herencia del padre recayó en la propia madre.
Nunca pienses que tu ayuda no sirve para nada.
***
Mil millones de besos.
FJ.León
